Cuando las partes toman la palabra

Articulo publicado en el Diario Vasco el jueves 24 de enero

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Una mujer entra al Palacio de Justicia de Donostia, donde varios tribunales ensayan la mediación penal. Foto:Mikel Fraile

Arantxa Aldaz

San Sebastián. DV. Si a usted le roban en su establecimiento, le quitan la cartera o le atracan por la calle, tiene dos opciones. Una, denunciarlo en los tribunales y esperar a que el juez dicte sentencia. Y dos, sentarse a hablar con el acusado y acordar de antemano el castigo. Gabriel optó por el segundo camino cuando María -ambos nombres ficticios- entró por la fuerza a su establecimiento comercial en Zarautz, rompió el cristal del escaparate y se llevó diez euros de la caja. En total, los daños ascendieron a 120 euros.

La sentencia, dictada el 21 del pasado mes de diciembre, condenó a la acusada a seis meses de prisión por ser responsable de un delito de robo con fuerza en grado de tentativa. Pero el juez apreció la atenuante de reparación del daño, por lo que se eliminó la responsabilidad civil, ya que el acusado «reconoció los hechos, mostró su arrepentimiento y pidió perdón» a la víctima. Gabriel, el perjudicado, renunció a cualquier tipo de indemnización, ya que se había producido una reparación moral del daño causado.

Aunque quizá las partes lo desconozcan, su caso ha sentado precedente en Gipuzkoa, ya que se trata de la primera sentencia que dicta un juzgado en la que víctima e infractor acuerdan de forma voluntaria el castigo del delincuente. En lenguaje judicial, el proceso se conoce como mediación penal, una herramienta alternativa para la resolución de conflictos que el Consejo General del Poder Judicial quiere extender en las comunidades autónomas para «humanizar» la justicia y «acercarse a los protagonistas».

«La finalidad es intentar sentar a las partes de un conflicto penal y evitar lo que se puede denominar una respuesta judicial burocratizada, que es lo que se da normalmente», explica Jorge Juan Hoyo, juez titular de la sección penal número 2 de Gipuzkoa. «Muchas veces -continúa el magistrado- los interesados, especialmente la víctima, vienen al juicio, responden a cuatro preguntas y se van a casa sin enterarse de nada, con la sensación de que no han sido tenidos en cuenta. Con la mediación lo que se intenta es que los verdaderos protagonistas del conflicto tomen una posición, que se les oiga, que acerquen posturas. Escuchar al acusado y a la víctima». Lo llaman justicia restaurativa.

‘Bitarteko’, el equipo

El protocolo se activa desde los propios tribunales. En el País Vasco, son varios los juzgados que ensayan el mecanismo judicial desde el pasado mes de abril: el de Instrucción número 1 de Bilbao y de Vitoria, y el juzgado de lo Penal número 2 de Donostia. También intervienen en Gipuzkoa la Fiscalía, la Audiencia Provincial, el juzgado de Instrucción número 4 de Donostia y el juzgado de Instrucción de Bergara.

Los jueces y fiscales avisan de los casos en los que pueden intervenir los mediadores. El equipo de profesionales lo componen en Gipuzkoa tres abogados y una psicóloga: Alaitz Zugasti de la asociación Drogak Eragindakoen Elkartea (DEE), Antxon y Mikel Zubia de la Fundación Emaús y Amaia Lasheras, de Arrats. Los cuatro han impulsado el servicio, que es gratuito y totalmente confidencial, y se han reagrupado en la recién creada asociación Bitarteko, en la que también participa Marta Silvano, de Loiola Etxea. «Cuando los jueces nos remiten un caso, lo primero que hacemos es enviar una carta a cada una de las partes y a sus abogados para explicarles qué es la mediación», cuenta Alaitz. Siempre que las dos partes estén de acuerdo, comienzan las reuniones, donde víctima e infractor se sientan a hablar, bajo la tutela del juez, del fiscal, de sus propios abogados y de la neutralidad de los mediadores.

«Muchas víctimas tienen la necesidad de escuchar las razones que motivaron al infractor a actuar así, otras muchas necesitan recibir un perdón», justifica Mikel. El acusado también saca beneficio, sobre todo de cara a su rehabilitación, frente a la habitual pena carcelaria sin reparación a las víctimas. «Le viene bien verse en un espejo y darse cuenta del daño que ha hecho. Es un proceso que humaniza la justicia», sostiene Amaia con total convencimiento.

Seguimiento tras la pena

En caso de alcanzarse un acuerdo, sin embargo, no se detiene el procedimiento judicial contra el delincuente, pero la fiscalía puede considerarlo como un atenuante de la condena, siempre y cuando el infractor se comprometa a reparar el daño causado a la víctima, económica o moralmente.

Con la sentencia en la mano, los mediadores se encargan de verificar si el acusado cumple con los compromisos adquiridos. «Hay un seguimiento que no existe en la justicia tradicional. El caso no se cierra cuando se sale por la puerta del juzgado», añade Mikel Zubia.

A pesar de que una directiva europea recomienda que la mediación penal en adultos debería haberse incorporado a la legislación, lo cierto es que la ley aún no le ha hecho un hueco. Pero sí se esperan cambios de aquí a los próximos meses. De hecho, la reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal podría recoger el supuesto de la mediación como atenuante de condena. De momento, el ensayo no va por mal camino, a la vista de los buenos resultados cosechados. El apoyo dentro del sistema judicial va creciendo y la mediación ya no sólo se circunscribe a un grupo de jueces sensibles, firmes defensores de una justicia más personalizada, que se fije más en la restauración que en el castigo. «Hay que creer en la mediación. De lo contrario, no funcionaría. En Gipuzkoa, la Audiencia -presidida por María Victoria Cinto- se lo ha creído desde el principio, aunque sigue habiendo jueces fuera del territorio que no lo están tanto», cuenta Amaia.

Entre el grupo de firmes defensores está Mariano Fernández Bermejo, que ocupó el cargo de fiscal jefe de Madrid antes de ser nombrado ministro de Justicia. Y la propia Cinto, que considera la herramienta «una implicación efectiva de todos los afectados por el delito en su gestión y resolución». Un concepto antagónico al «ojo por ojo, diente por diente» que humaniza la justicia.

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