Profesionales para la convivencia

Articulo publicado en el Diario Vasco el 11 de enero de 2008

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  • Seis mediadores rastrean las calles de Donostia para evitar situaciones de exclusión. El último de sus casos, el asentamiento de rumanos desalojado en Martutene
Adriana Villalon, Antton Arka y El Houssaine El Ansari charlan en una calle de Donostia. Foto: Mikel Fraile

Arantxa Aldaz
San Sebastián. DV. El Houssaine charla con varios ciudadanos magrebíes en Donostia. A simple vista, muchos le confundirían con un marroquí de la calle. Sin embargo, este joven, natural de El Aayoune, no es uno más de la cuadrilla.

Se trata de uno de los mediadores interculturales que rastrean las calles de San Sebastián para establecer un primer contacto con las personas en riesgo de exclusión social, un proyecto que ha ido ganando apoyos en sus dos años de experiencia como parte de los servicios sociales del Ayuntamiento de la capital guipuzcoana. El programa, uno de los primeros del País Vasco, lo componen seis personas de diferentes nacionalidades que, como El Houssaine, velan por la convivencia en los barrios, orientan en trámites a los inmigrantes, como en la traducción, y trabajan para asegurar el entendimiento entre las diferentes culturas que existen en Donostia.

El servicio echó a andar a finales de 2004, de la mano del plan de inmigración Donostia Elkarrekin con otras 55 medidas. La mediación ha ido cobrando importancia desde entonces, como una herramienta eficaz para prevenir posibles roces sociales. «Se está haciendo un trabajo meticuloso en el día a día para asegurar la convivencia», asegura Antton Arka, técnico municipal de Inserción Social. Sobre el papel, los mediadores son profesionales especialmente formados para establecer el primer contacto como los servicios sociales. «La persona que necesita ayuda no acude a nuestras oficinas, coge un ticket y espera su turno en ventanilla», explica Arka. El acceso no resulta tan sencillo y para facilitar la tarea están los mediadores, que ojean la realidad cotidiana. Ellos son los encargados de comprobar in situ los posibles problemas que puedan surgir en la calle, aunque, aclaran, no pueden solucionar todas las peticiones vecinales que llegan a sus oídos. Se consideran «operarios de la convivencia positiva». «Escuchar es la palabra clave. La escucha activa permite que la otra persona te considere como un referente» al que poder acercarse y empezar así a girar la rueda de los servicios sociales, apuntan desde el servicio.

Los vecinos del donostiarra barrio de Martutene conocen a la perfección el trabajo de estos seis profesionales. Desde el pasado verano, se han sucedido reuniones entre los residentes y los técnicos municipales para intentar dar una salida al medio centenar de rumanos que se habían asentado en el antiguo instituto de Formación Profesional, perteneciente al Gobierno Vasco y que fue desalojado el pasado miércoles.

De Rumanía a Zarautz

La mediación ha abierto el camino en Gipuzkoa a varias familias, aunque la mayoría ha regresado a Rumanía. Uno de los casos más notorios, detalla Arka, es el de un matrimonio que ha conseguido un contrato de trabajo en un establecimiento hostelero en Zarautz, a donde se mudarán con sus dos hijos de ocho y doce años. Su intervención también ha sido positiva en el barrio de Loiola, donde se reúnen todos los domingos las familias latinoamericanas de la zona en un mismo espacio que comparten con los vecinos, o en el Antiguo, tras largas conversaciones para desocupar el frontón y devolverlo para usos vecinales.

Pero la mediación no es ninguna cura milagrosa. «Funciona para algunos, pero para otros no», precisa la argentina Adriana Villalon, la mediadora que coordina el programa de Donostia. El funcionamiento de los servicios sociales guipuzcoanos es en general bueno, subraya Antton Arka, pero hay un porcentaje de personas que, por diversos motivos, rehúsan cualquier recurso que se les ofrece. «En esos casos, no les obligamos a nada. Pero sí dejamos la puerta abierta, por si algún día quieren franquearla», apunta. Adriana reconoce por su parte que la labor de mediación «no tiene ni un principio ni un final», y que a menudo suele quedar la sensación de «poder hacer algo más». Por eso, se esfuerzan todos los días para seguir tejiendo las redes sociales sin ninguna exclusión.

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